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Ojos verdes (TP) (Leyenda)

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Ojos verdes (TP) (Leyenda)

Mensaje por Septimo Hokage el Dom Feb 23, 2014 11:26 pm

Os dejo este shot que escribí para el Concurso de Halloween del año anterior, por si alguno no lo leyó o quiere leerlo ^^. Espero que lo disfrutéis tanto como a mi me gustó escribirlo. Un saludo ^^

Ojos Verdes
Spoiler:
Esta leyenda que aquí os vengo a relatar me la contó mi padre y a éste su padre, y al padre de mi padre su padre y así ha sido desde siempre. Padres e hijos han narrado siempre la leyenda de los ojos verdes, la leyenda de unos preciosos ojos de maldad y crueldad que hechizan a todo aquel que osa mirarlos aunque sea por un instante. Nadie recuerda sus nombres, más sólo quiénes eran: el príncipe y la dama de los ojos verdes.

Era el año 1294 de nuestra era.

Aquel precioso día de otoño un joven príncipe y su corte cabalgaban persiguiendo a un zorro. Era un príncipe joven, de aspecto agraciado, ojos del color del cielo y de cabellos como el mismo sol, inteligente y despreocupado de las labores de gobierno. Aquel día, que había olvidado el frío y la lluvia propios del décimo mes del año, como tantos otros, el príncipe se había levantado y había decidido satisfacer sus reales necesidades convocando a su corte para una real cacería, muy habituales mientras su señor padre dirigía las tareas del gobierno desde su castillo.

Sus jóvenes amigos, todos de alta cuna, hijos de otros reyes y caballeros, los mozos de cuadra, los mozos encargados de la crianza de los perros, los halconeros y la guardia para cada noble y señorial participante habían salido del castillo con la primera luz del alba, armando un gran revuelo. Los cuernos y trompas reclamaban a todos para despedir a su príncipe que iba a comportarse como tal y a emplear su tiempo tal y como debía obrar alguien de su condición.

Habían formado cuatro partidas de caza. Una era dirigida por el príncipe y el resto por sus amigos. El objetivo era cazar al mayor número de animales, aunque la presa maestra que todos deseaban cazar era un zorro de hermoso y carmesí pelaje del que se decía que poseía hasta nueve colas. Nadie lo había visto pero se decía que habitaba por aquellos parajes en los que solo el príncipe y quienes él quisiera autorizar.

Las partidas se habían separado a media mañana y habían comenzado a buscar a su presa, cazando tantas otras como les era posible. El príncipe contaba con los mejores cazadores, hombres hechos así mismos que no tenían ninguna manera mejor de alimentar a sus familias que servir a su alteza cuando éste requería de sus servicios. Los halcones, traídos desde tierras lejanas y criados específicamente para ser los mejores, volaban de un lado a otro cebándose con perdices, palomas y otras pequeñas aves. Los perros de todas las clases y mejor alimentados que sus propios criadores olfateaban por todos los rincones, buscando ávidamente rastros de la mejor presa.

La mañana transcurría lenta y sin ninguna diversión, pues tan ansiado trofeo no aparecía. El príncipe paraba de vez en cuando para beber vino caliente con el que calentar el cuerpo o para atender a su joven prometida una princesa de rica y noble familia bendecida por la luna: cabellos largos y negros como una noche sin luna y ojos plateados como la luna llena.

En una de las ocasiones en las que esperaba, mientras que el confesor de la princesa entonaba el ángelus, el príncipe oteaba el horizonte distraído, buscando entre los troncos del bosque alguna señal. Podía escuchar perfectamente como los perros ladraban y los mozos les conducían para que encontraran a su presa. A lo lejos escuchaba el cuerno de alguno de sus compañeros persiguiendo algo y no podía sentir más que auténtica envidia de que hubiesen encontrado a su presa, el tan escurridizo zorro de nueve colas.

Sus siervos más cercanos siempre dijeron que el príncipe había sido demasiado generoso con la bebida y que aquella mañana el frío había hecho que el vino caliente entrara mejor que otros días. Sea como fuere, ya fuera el vino o la providencia, el príncipe creyó ver al zorro de nueve colas, de pelaje carmesí y de ojos como rubíes.

Se miraron durante unos segundos. Aquellos ojos rojos parecieron mudar de color, aunque le fue imposible predecirlo. Muchos años después, las madres prohibirían a sus hijos que se acercaran al bosque real por temor a ver aquellos mismos ojos. Durante aquel mínimo contacto visual, el príncipe sintió la invitación del zorro a que le persiguiera.

Cualquiera se hubiera asustado y hubiera huido despavorido invocando a Dios para que le protegiera. Sin embargo, si algo era el príncipe era valiente y orgulloso. Valentía no le faltaba. Tenía arrojo cuando lidiaba con sus compañeros y de orgullo andaba sobrado. Sobre su ánimo aún pesaba el miedo que todo príncipe siempre tenía y más cuando era un joven que no había hecho otra cosa que disfrutar de la cómoda vida que le reportaba haber nacido en el castillo del rey. En su fuero interno siempre temía el reproche que otros pudieran hacerle al no ser él quien realizara aquellas labores, al no ser el que fuera a la guerra, o el que cazara a sus presas, o el que dirigiera su reino.

Sin avisar a sus guardias, ni a sus sirvientes, el príncipe tomó su arco y su carcaj, con flechas adornadas con bellas plumas de cisne. Luego monto su caballo y clavó sus espuelas en sus flancos para que éste saliera con premura para dar caza a aquella criatura.

Condujo a su montura entre los bosques que ya se desvestían de sus prendas doradas. El zorro era rápido, pero el príncipe había sido entrenado para usar el arco y las flechas desde niño. Los mejores tiradores del reino se habían empleado a fondo para hacer de él un arquero de puntería sin igual.

En mitad de su ajetreada persecución, soltó las riendas cogió el arco con fuerza. Sacó una flecha. Apuntó mientras sentía el balanceo del caballo al que no cesaba de golpear con sus espuelas. Disparó y erró. El zorro lo esquivó con inteligente astucia, como si de una persona se tratara.

Aquel error no mermó la confianza del joven quien volvió a confiar en sus sentidos y en su pericia para intentar dar caza al endemoniado zorro, más escurridizo que el propio diablo. Mal rayo lo partiera, exclamaba siempre el rey cuando le recordaban a aquel zorro y la desventura y el dolor que trajo a su familia y al reino al privarles de su más apuesto y gallardo príncipe.

Fue el guerrero que todo hombre lleva dentro el que hizo que no atendiera a los cuernos, ni a los ladridos de los perros, ni a las llamadas lejanas de sus compañeros. Únicamente deseaba hacerse con aquel trofeo y demostrarse a sí mismo y a todos qué él era un auténtico príncipe. Y fue su orgullo el que hizo que el bosque se lo devorara. El príncipe desapareció entre su niebla, sus árboles y su maleza. En ningún momento miró atrás y sólo se detuvo cuando el camino dio paso a una gran poza de aguas cristalinas.

Desmontó de su caballo, sigiloso. Por alguna razón el zorro de nueve colas se había quedado frente al estanque, contemplado su reflejo.

Tal y como se le había enseñado, el príncipe anduvo con tranquilidad, procurando que sus botas no sonaran demasiado ni ahuyentaran a su presa. Se agachó. Volvió a tensar la cuerda del arco. Apuntó. Ambos estaban quietos. No podía fallar y sin embargo lo hizo. Días después cuando encontraran la tragedia, encontrarían la flecha que erró. Quizás fuese voluntad del Maligno o quizás fuese el destino que el Altísimo le había concedido, pero falló el tiro.

En los críticos segundos que marcaban la diferencia entre el acierto o el fracaso, el zorro se volvió y le lanzó una mirada. Fue una mirada inteligente, una mirada en la que le pedía ayuda. Ya no eran los ojos rubíes que tanto quería exhibir el príncipe cuando enseñara a todos su magnífico trofeo de hasta nueve largas colas. Eran unos preciosos ojos verdes, como la esperanza, aunque estaban apagados, faltos del mismo sentimiento al que daban color.

El príncipe se irguió con cautela. Los sacerdotes siempre alertaban de que debían estar atentos pues oscuras y retorcidas eran las insignias del diablo e inocentes y pueriles sus tentativas. Otro hombre de fe hubiera hecho caso a lo que tanto predicaban los miembros de la Iglesia, el príncipe no. Siempre había escuchado leyendas de caballeros que salvaban a su dama de las fauces del infierno, de caballeros que recorrían toda Europa buscando el Santo Cáliz del que bebió Cristo en su última cena, de caballeros que mataban dragones para salvar princesas.

Se acercó hasta el estanque y, cuenta la leyenda, fue la única vez que se escuchó de un príncipe maldecir el nombre de Dios. Quizás fuese un castigo por su blasfemia pues allí, en el agua, la encontró a ella.

Su rostro era un insulto a la Virgen María, pues no había ser más perfecto que aquella mujer que dejaba a la imagen de la madre de Cristo como una mera campesina, de labios rojos cual carmín, tez blanca como la luz de la luna, cabellos del color de la flor del cerezo en primavera y ojos verdes, de un verde profundo y misterioso, de un verde mágico e hipnótico. Se cubría por completo con una capa verde que marcaba aún más la hermosura de sus ojos. Nadie nunca pudo responder si intervino la negra mano del diablo o las flechas de un ángel, pero en aquel instante su noble corazón escapó de su cuerpo para ir a parar junto al lago.

– ¿Quién sois, mi señora? – Inquirió alarmado.

Más no obtuvo respuesta alguna, más una mirada de tristeza. El príncipe miró hacia el zorro y pudo ver como en el estanque la joven que le pedía ayuda con sus ojos verdes no le

– ¿Qué os ocurre? ¿Qué hacéis ahí? ¿Habéis sido hechizada? ¿Por quién?

Y de nuevo el silencio por respuesta. Puede que exagere al contároslo a vosotros, al igual que mi padre pudo hacerlo conmigo y mi abuelo con mi padre y así desde siempre, pero el mismísimo diablo le susurró la respuesta al oído haciéndole creer que había dado con la solución él mismo:

– Vos sois el zorro de nueve colas. Vos estáis hechizada, condenada a estar en ese cuerpo animal. Sois víctima de un maleficio

El zorro asintió.

– ¿Podéis ser curada? Mi padre es rico y poderoso. Puede mandar traer al mismísimo Santo Padre desde Roma para darle cura a vuestros males si yo se lo pido. Ningún ángel como vos debería estar hechizada – le dijo con pena al mismísimo diablo.

El animal negó, al igual que su humano reflejo.

De repente, ambos escucharon el ruido del toque de un cuerno. Los ladridos de los perros se hacían más cercanos. Una de las cuatro partidas de caza se aproximaba a ellos. El zorro de nueve colas se asustó. Alzó la cabeza asustado y cuando pudo ver al primer sabueso escapó y con él el reflejo de la dama de los ojos verdes y el corazón enamorado del príncipe.

– Alteza, ¿os encontráis bien? – Preguntó su escolta.

Tardó unos segundos en responder, mientras sus ojos perseguían con la mirada a una de las nueve colas de aquel animal que encerraba en su cuerpo un mal que ningún hombre debería ver y que el príncipe había visto. Puede que desde el mismo momento en que decidió dar satisfacer su orgullo, el alma del joven quedara condenada a los infernales fuegos.

Nadie volvió a hablar de aquella cacería en los días siguientes. El humor del príncipe desapareció. Donde antes hubiera alegría, ahora sólo quedaba melancolía. Donde antes hubiera generosidad, ahora sólo quedaba arrogancia y egoísmo, pues sólo se preocupaba por unos ojos verdes

Todos pronto constataron que el príncipe se había enamorado. Para gran dolor de su regia prometida. Las malas lenguas decían que disfrutaba de la alcoba de sucias y lascivas campesinas. Los más generosos le otorgaban al beneficio de la duda. Sólo él mismo sabía que todo cuanto hacía no valía la pena si no podía volver a ver aquellos ojos verdes.

Ojos verdes, aquella era su obsesión. Más ya lo decían los curas: que todo lo que no fuera mesura terminaba en locura. Las noches eran demasiado largas para alguien que no dormía, pues al cerrar sólo veía dos esmeraldas mágicas que brillaban con su desconocido nombre. La comida perdió todo sabor. Ya fuera dulce, salado, ácido o amargo al sabor de la ceniza todo sabía. Los sueños en pesadillas se tornaron y su alma se sentía cada día más atormentada, pues ni los consejos del sacerdote a quien sus penas y desvaríos confesaban permitían que se acercara a Dios. Nada quedaba ya de aquel príncipe, salvo los ojos verdes que le consumían.
El décimo mes llegó a su fin al igual que la vida y cordura del príncipe. No pudiendo soportar estar alejado de ellas, en mitad del día, desoyendo a su señor padre, el rey, el príncipe volvió a montar a su caballo por una última vez. Larga fue la discusión de padre e hijo. Ambos se reprocharon muchas cosas. El hijo buen hijo no fue pues no escuchó los consejos de su padre.

– ¿Dónde pensáis ir en esta noche hijo?
– He de reencontrarme con la doncella de los ojos verdes. ¿Qué miedo guardáis a esta noche?
– Es noche de ánimas, hijo. Atended a vuestro padre cuando os dice que en esta noche los muertos salen de sus tumbas llamados por el mismísimo diablo.
– Que Dios provea, padre.

En aquella ocasión, el bosque pareció señalar el camino. No hubo nadie que le guiara pues conocía el camino. Ya no quedaba ninguna hoja que vistiese los blancos troncos de los álamos de aquellos bosques. Sólo el frío y el barro mojado le indicaban que estaba en un bosque. La noche era oscura y la luna que nacía por el este aún volaba baja para poder ver más allá de lo que la oscuridad le permitiera.

A cada momento que pasaba, me aseguró mi padre cuando me lo contó, y a mi padre su padre y a así habían sido siempre, el corazón del joven volvía a palpitar con fuerza, sonoramente, acercándose al estanque donde por primera vez vio a la dama de los ojos verdes.

El estanque no había cambiado nada en aquellas semanas en las que el príncipe se había transformado en otro. Junto a las pacíficas y mansas aguas de aquella quedaba un roble muerto y junto al roble estaba de nuevo el zorro que le miraba con sus sangrientos ojos como rubíes.

El príncipe volvió a acercarse al lago, sin ninguna calma, alterado como joven de ardiente sangre que era. Se precipitó junto al agua y llamó al zorro quien confiadamente se puso a su lado. De nuevo aquella mujer vestida con la misma capa verde. Era difícil de distinguir, pero a medida que la esposa del sol comenzaba a cubrir el cielo de una noche sin nubes, tranquila y fría como el acero, los invisibles dedos de una mano negra venida de la oscuridad dibujaron su angelical reflejo.

Largas horas pasaron los dos mirándose, sin decir nada. Era inútil pues no obtendría más respuesta que el movimiento de un zorro de nueve colas. Nada podía el frío hacer contra la pasión que el corazón del joven bombeaba. Sin embargo, fue el miedo y la soledad las que dictaron la sentencia de muerte.

– ¿Podremos estar alguna vez juntos? – Preguntó cuando la luna se marchaba de aquella noche de ánimas.

La chica señaló hacia el árbol cuando el zorro apuntó con su pequeño hocico. El príncipe le devolvió una mirada, asustado. Dudaba si le estaban indicando lo que creía haber entendido.

¿Qué era el amor? Los poetas y trovadores siempre alardeaban que por él matarían. El príncipe comprendió que para él, el amor era ella y sin ella no tendría amor y sin amor su vida estaría falta de sentido, tanto que viviría sin vivir pues su alma ya estaría muerta.

Tal fue su resolución que no le tembló el pulso cuando tiró una soga a una rama. No tuvo ningún miedo cuando hizo el nudo a la soga. No se acordó ni de su madre, ni de su padre, ni de la mujer con la que se había comprometido por el bien de sus reinos cuando se montó en su caballo y se pasó la soga por el cuello. No sintió nada salvo felicidad cuando espoleó a su corcel y él se quedó colgando del árbol.

Todos en el castillo se preguntaron durante días qué había ocurrido con el príncipe, a dónde había ido en mitad de la noche de ánimas. Cuando días después los cazadores encontraron su cadáver siendo devorado por un zorro de nueve colas junto al estanque, nadie volvió a preguntar por el asunto. Los nombres se olvidaron por siempre, pero el estanque continuó existiendo y fue conocido como la Poza de la Doncella.

Nadie, realmente supo que el príncipe había muerto porque una vez miró unos ojos verdes que le embrujaron y condenaron su alma al infierno. Sólo se supo que en el bosque real, habitaba una doncella de ojos verdes que no era más que el propio diablo que devoraba y condenaba a la perdición a todos los que cometían la estupidez de mirar unos ojos verdes.

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Re: Ojos verdes (TP) (Leyenda)

Mensaje por Leon el Lun Feb 24, 2014 5:32 pm

Extraordinaria historia, muy buena de verdad y la adaptación que realizaste para que encajara con el mundo de NaruSaku esta perfecta, de las mejores historia que he leído. Te felicito.
Y que muerte mas sublime la que tuvo el príncipe, aún cuando tal vez le esperé un castigo eterno.
Bye
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Re: Ojos verdes (TP) (Leyenda)

Mensaje por hikari uzumaki el Lun Feb 24, 2014 6:29 pm

Que buena historia y que fatídico final, si me dio cosita por el príncipe fue triste también porque el sólo quería estar con esos ojos verdes.
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Re: Ojos verdes (TP) (Leyenda)

Mensaje por naruto_edu el Mar Feb 25, 2014 2:04 pm

¡Por dios! Qué narrativa tan sofisticada la tuya, compañero. Leer tu historia fue como viajar atrás en el tiempo, me sentí como en un rinconcito apenas iluminado por una vela, leyendo un libro antiguo y empolvado...

En serio, la forma en que cuentas la historia atrae, te envuelve y no te suelta hasta que acabes de leerla toda.

Esa tonalidad misteriosa y siniestra que adquiere tu cuento cuando Naruto llega al lago, la primera y la última vez, para luego interactuar con la doncella de ojos verdes... ese toque me cautivó sobremanera.

Y sí, tal y como lo dijeron los otros lectores, la forma en que muere Naruto me pareció trágica, fatídica, pero sublime a la vez... hasta diría que tocó una fibra de miedo en mí... increíble...

De verdad, muchas gracias por traernos esta historia.

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Re: Ojos verdes (TP) (Leyenda)

Mensaje por Rukia Kuchiki el Vie Mar 21, 2014 4:04 pm

Mil aplausos. Facinante! no tengo palabras que describan lo maravillosa que fue esta historia. Y encima eres fan de Loky! Mis respetos!
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